Hubo un momento en mi vida en el que dejar de verme al espejo parecía más fácil que enfrentar lo que sentía. Mi piel cambió, mi rostro cambió y, con eso, también cambió la forma en que me veía a mí misma. Lo que antes era algo natural — salir, sonreír, sentirme cómoda en mi propia piel — empezó a sentirse mucho más difícil.
El acné no solo apareció en mi cara; apareció también en mi seguridad. Empecé a cuestionar cosas que antes no pensaba. Me comparaba más, me sentía observada, y a veces pensaba que lo primero que los demás veían de mí eran mis inseguridades. Fue una etapa incómoda, frustrante y muy silenciosa, porque aunque por fuera intentaba seguir con mi rutina, por dentro estaba aprendiendo a convivir con una versión de mí que no reconocía del todo.
Pero con el tiempo entendí algo importante: mi autoestima no podía depender únicamente de cómo me veía en un espejo. Tenía que construirse desde un lugar más profundo. Tuve que aprender a tratarme con más paciencia, a hablarme mejor y a dejar de reducir mi valor a una etapa física que, aunque me dolía, no definía todo lo que yo era.
Ese proceso no fue inmediato. No hubo un día exacto en el que me desperté sintiéndome segura otra vez. Fue más bien una suma de pequeños pasos: dejar de esconderme, volver a confiar en mí, recordar lo que me gusta de quién soy y entender que mi valor no desaparece en los días en que no me siento bien conmigo misma.
Hoy no veo esa etapa con vergüenza. La veo como una de las experiencias que más me obligó a crecer por dentro. Me enseñó a ser más empática, más consciente de lo que otros pueden estar viviendo en silencio, y más cuidadosa con la forma en que hablo de mí misma. También me enseñó que la autoestima no siempre se siente como seguridad absoluta; a veces se parece más a decidir seguir adelante incluso cuando no te sentís en tu mejor momento.
Todavía estoy aprendiendo, como todos. Pero si algo me dejó esa etapa, es la certeza de que la belleza no está en la perfección. Está en la forma en que te reconstruís, en cómo te tratás cuando las cosas no salen como esperabas, y en la fuerza que encontrás cuando empezás a verte con más compasión.